Hacia el año 2011 o 2012, comencé a anotar el presente, sin mayor propósito, sin ninguna rigurosidad o frecuencia preestablecida. He decidido, ahora, exponer esos apuntes que brotan cuando se “deja de escribir”, la escritura que media la distancia entre un libro y otro, bajo la condición de continuar con esta práctica y publicar esas notas durante un tiempo indefinido.

Mostrando entradas de enero, 2026

Ego 2

Antes de dormir voy

De un lado a otro
Realizo actividades
Sin propósito para
Exorcizar los fantasmas

Del día. Y detrás
Como una sombra
Va la perra amada
Como si yo fuese
Nada más y nada

Menos que un perro
Y su sombra.
Ego 1

Romper un espejo
¿Resuelve el problema
De la representación?
¿El problema de la muerte o
Del retorno a uno mismo?

No te abres paso, bruta
Por la fuerza
A través del espejo

Es el ojo
El laberinto y el baile.
En algunas ocasiones
Zenrin-kushū es traducido
Como Pasajes del bosque zen
Para resaltar con la palabra
“Pasaje” las ideas
De expresión y camino.
El bosque, la selva
La espesura –o por el contrario
Los grandes espacios abiertos–
Son lugares donde uno suele
Ir para perderse.
En el bosque del saber
Esta experiencia
Es ligeramente distinta
La sabiduría de los maestros
Muestra un camino opaco
–La sombra bajo el árbol
Que protege del luminoso sol–
O la ausencia de caminos.
Entre la nube
Que deambula en el cielo
A merced del viento
Y el pez blanco
Que descansa
Al ritmo de la corriente
Una hoja de papel.
Literalmente “nube, agua”
La palabra unsui refleja
La vida de un monje en formación.
De ahí la siguiente máxima:
“Flotar como una nube
Fluir como el agua”.
En términos prácticos
Nombra al monje novicio
O al iniciado que espera
Ser recibido en un monasterio
Y por tanto
No tiene residencia fija.
Según Eshin Nishimura
Los monjes novicios
Se agrupan
Alrededor del maestro
Como las nubes o el agua
Se acumula en algún
Lugar determinado del cielo
O la tierra. Viven
Los monjes sus vidas
Como una nube
Como el agua que corre
Sobre la roca.
Ambas palabras
La blanca y la negra
Son producto de una catástrofe

De una especie de reducción
A precio de gran fuerza
Ambas resplandecen a la luz del sol
Ninguna es oro (id est
Petróleo / tierra rara).
¿Esa palabra
Tiene alguna
Similitud

Con el tronco
Reducido a piedra
Negra al centro
De un incendio?
La obra consiste
En un movimiento de tierra
-O un bombardeo, tb-
De tal magnitud
Que dejará solo
Una palabra en pie.

Una palabra blanca
Sobre un fondo blanco
Porque el lenguaje
Es como la nieve -el ruido
Blanco, e.g. Hito Steyerl-

Da igual. La obra debe
Suscitar las siguientes,
Entre otras, preguntas:

Esa palabra en pie al final
De la hecatombe de palabras
¿Qué permite decir? ¿Qué hace
Y qué hará posible?

Además de otra pregunta
¿Para quiénes está reservada
Esa única palabra en pie?
¿Para los que sobreviven?
Siento que cada vez escribo con menos palabras. Divago y pienso que es el comienzo de un camino, que conduce a esa gran obra en la que solo una palabra resplandece, blanca sobre blanco.
Si esta incapacidad es el comienzo del camino, el asunto es llegar a esa palabra distante.
En el más extenso espacio vacío
En la más vacía extensión
Una palabra
Como aguja en pajar.
Cigüeñas palomas
Golondrinas y cornejas
Cuervos y buitres
Se nos cruzan
En diversos momentos
Del camino.
En Los diarios de Emilio Renzi, Piglia -quien insiste mucho en la idea de contar su vida en tercera persona- recurre (a los 26 años) a la metáfora del espejo, de los anteojos, la idea de verse de repente enfrentado a sí mismo.
Ese temor de hace años, doblar la esquina, mirarse al espejo y encontrarse con uno mismo pero otro o, peor, abrir la puerta del baño, mirarse al espejo y no encontrar a nadie, me parece ahora una buena opción, al menos interesante, para bajarse los humos, para recordar que vemos el mundo por una rendija.
El yo se abrió tras un crujido a la esfera que lo contenía. Todo cayó en sí, indiferente. Nada aconteció.
De las junturas y pliegues de la palabra yo, apareció musgo y maleza, nombre injusto para esa virtud que es vivir y continuar viviendo.
Reemplazar la palabra yo por ojo por dinero por lenguaje, por musgo maleza virtud.
En el futuro caben todas
las imágenes
Pero no tu muerte o la mía

Mi muerte es hoy me atrevo a decir
Ante ese futuro cercano
En que una imagen
Es indiscernible
De otra.

Llamémosle ingenuidad
Esperanza o emancipación
A ese deseo
De otorgarle
A la propia muerte una reserva.

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El rey de Lidia echó a la suerte el destino de la mitad de su pueblo frente a una gran carestía. Los lidios son conocidos -eso se dice- por ser el pueblo inventor del juego de los dados. Los primeros dados fueron hechos con huesos de tobillos de oveja u otros mamíferos, pues estos huesos -llamados astrágalos- son similares a un cubo, en el que inscribían figuras o puntos. La suma total de los puntos de un dado de seis caras es 21. La suma de sus caras opuestas siempre es siete: 1+6; 2+5; 3+4. Tanto la decisión del rey de los lidios como la asignación de valor a los signos en las caras del astrágalo son arbitrarias. Esto sabía el rey de Lidia, que "se puso al frente de aquellos a quienes la suerte hiciese quedar en su patria".

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