Hacia el año 2011 o 2012, comencé a anotar el presente, sin mayor propósito, sin ninguna rigurosidad o frecuencia preestablecida. He decidido, ahora, exponer esos apuntes que brotan cuando se “deja de escribir”, la escritura que media la distancia entre un libro y otro, bajo la condición de continuar con esta práctica y publicar esas notas durante un tiempo indefinido.

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Qué tal si nunca más me siente a escribir (una novela un relato un libro de poesía) y solo me quede esta escritura espontánea, entregada a lo que se avecina. Esta escritura impostergable como remedio ante los discursos opresivos, las responsabilidades y el cansancio que produce el horror cotidiano. Qué tal si nunca más y qué tal si pudiera seguir viviendo como todos, como cualquiera hasta el día de su muerte. ¿Sería eso tan malo? Qué sé yo, pero sí sé que no sería deseable o gozoso. La alegría está en la otra escritura, esa que se parece a la inconsciencia y el vacío.

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El rey de Lidia echó a la suerte el destino de la mitad de su pueblo frente a una gran carestía. Los lidios son conocidos -eso se dice- por ser el pueblo inventor del juego de los dados. Los primeros dados fueron hechos con huesos de tobillos de oveja u otros mamíferos, pues estos huesos -llamados astrágalos- son similares a un cubo, en el que inscribían figuras o puntos. La suma total de los puntos de un dado de seis caras es 21. La suma de sus caras opuestas siempre es siete: 1+6; 2+5; 3+4. Tanto la decisión del rey de los lidios como la asignación de valor a los signos en las caras del astrágalo son arbitrarias. Esto sabía el rey de Lidia, que "se puso al frente de aquellos a quienes la suerte hiciese quedar en su patria".

09/2025 _ Conoce más